Últimamente abunda el engaño de utilizar los trailers, carteles o cualquier elemento promocional para vendernos una película que luego no resulta ser ni del género que pinta. En este caso era complicado, porque si ni siquiera al terminar de ver la película te queda claro en que categoría incluirla. Y llego a dudar que el director lo sepa tampoco.
La gente se siente atraída por el reclamo de uno de los actores más rentables en taquilla, encarnando a un superhéroe borracho. Se supone que estamos ante una película de acción (lo es), con abundantes golpes de humor (los tiene), pero tras una primera parte acorde a nuestras expectativas, el enfoque adquiere tintes más serios. Y no llegan a estar mal del todo, el problema es la falta de personalidad, ya que tras aceptar que la trama que esperabas acaba de romperse, te llega a descolocar que vuelvan escenas de acción metidas con calzador o inoportunos puntos que no llegan a tener gracia.
Si Will Smith no se hubiera convertido en un actor tan solvente ni Charlize Theron fuera tan bella, estaríamos hablando de una película menor. El principal problema de esta película es que ves una idea nueva, pero un guión al que le faltaba trabajarlo algo más y una dirección que supiera por donde tirar. Un ejemplo es el pésimo uso de la banda sonora, intercalando canciones de rap o blues con parte instrumental para que resultara efectista.
Del personaje de Hancock sabíamos que tenía que sufrir cierta progresión a lo largo del metraje, pero es tan irreverente y despreocupado al inicio, que casi preferimos que no hubiera cambiado. En conclusión, se trata de una propuesta interesante, divertida y con cierta profundidad, pero te deja la sensación que podía haber sido un producto mucho mejor con un mejor enfoque.